Pedro  Arigoni

 

 

MI BARRIO

 

 

Abuelo, ¿que es un barrio?, un barrio?… ¿de dónde sacaste eso?, nada… Santino me dijo que el padre nació en el barrio de Almagro, que es eso?, esperá, primero dejá de patear  las piedritas que vas a romper un vidrio. Qué es un barrio, ¡qué es el barrio!, menuda pregunta,  mas fácil sería explicar que NO es un barrio,  porque un conjunto de casas no es una barrio, un caserío no es un barrio, 30 casas al lado o enfrente unas de otras no es un barrio; primero cambiemos un barrio,  por  el barrio,  ese sí existió, pero hace mucho, muchos años, cuando yo era chico, porque el  barrio tenía alma, tenía corazón, tenía vida,  era como una familia grande,… Buen día doña Cata, dice mi mama si le puede prestar un poquito de yerba en esta taza, mañana cuando cobre mi papá se la devuelve…

Los barrios fueron desapareciendo de a poquito, silenciosamente, casi sin darnos cuenta, se fueron colocando rejas en las casas, cerrando las puertas, preguntando ¿quién es? desde una mirilla, los terrenos se fueron llenando de ladrillos, cal y arena, tuviste mala suerte Agustín, no conociste el barrio. Además,  donde nació el papa de Santino  se le llama barrio, pero no es el barrio, si ni siquiera se pueden ver las estrellas de noche, las tapan las luces de las calles, los gases de los caños de escape de los autos, la gente camina mirando el celular, no mira para arriba. Los vecinos ni se saludan.

Barrio era el mío, el de Carlitos, de doña Cata, de Roberto,  el bombero que cuando tiraban la bomba iba corriendo porque no tenía ni bicicleta, pero un corazón más grande que tu Tablet.

Abuelo, ¿como que tiraban una bomba?, – en esa época no había sirena – tiraban tres bombas de estruendo para llamar a los bomberos.

Bueno, contame cómo era tu barrio, que hacían.

Mi  barrio era mi vida y hacíamos de todo, por ejemplo,  no jugábamos al fútbol, jugábamos a la pelota en el baldío que estaba en la esquina de mi casa, la palabra terreno vino mucho después, tal vez en alguna escritura de la época figure, pero para nosotros era el baldío o el sitio.

Cuando era mas chico, nos juntábamos en la esquina después de tomar la leche, allí planificábamos las actividades a desarrollar: dar vueltas manzanas en bici, hasta que una vieja descorazonada ponía una silla en la vereda para cortarnos el paso, jugar a la pelota era cosa de casi todos los días, te aclaro que mi barrio tenia calles de tierra, de manera que entre la vereda y la calle se interponía una zanja no muy honda por donde corría el agua, linda se ponía cuando llovía, en esas ocasiones pescábamos ranas con un palito  al que le atábamos un hilo en cuyo extremo enganchábamos un pedacito de género color rojo – ¿un pedacito de que? – de tela Agustin!, antes se le decía género, bueno… lo mismo, el hecho es que la rana boba, mordía el ge… la tela y se lo tragaba, entonces tirabas y quedaba atrapada. Se la vendíamos al papá del cholo, que le gustaba pescar.

Cuando la zanja estaba seca por falta de lluvia, pegábamos con un chicle, una moneda de cinco a un hilo por lo general blanco, que ensuciábamos con tierra para que no se notara en la alcantarilla… después te digo que es una alcantarilla, cuando veíamos que iba a pasar una persona mayor, uno de nosotros se escondía debajo de ella, y tiraba del hilo en el momento que la iba a agarrar; algunos se enojaban,  otros se reían y otros se quedaban con la moneda.

No te voy a contar mas cosas que hacíamos, sería muy aburrido y no es la idea de esta charla,  además acá no hay veredas ni alcantarillas, sí Agustín, las alcantarillas eran como puentecitos por lo general de cemento, otros de madera, que permitían que las personas cruzaran de la vereda a la calle.y viceversa.

Vos no podés tener tu barrio, porque las cosas cambiaron, la vida cambió, el mundo  cambió, nosotros podíamos estar en la esquina porque mi mamá estaba en mi casa y cada tanto espiaba que hacíamos, donde estábamos, la mamá de Carlitos también, la del Cholo, doña Cata, el policía… todos nos cuidaban. Vos vas a la escuela a la mañana igual que nosotros, pero a la tarde,  vas a la casa de tu abuela, porque tu mamá trabaja, lo mismo que la mayoría de tus amicompañeros, si no es la casa de la abuela, es la de la tía, o el club de 5 a 7 a futbol con chicos a los que verás dentro de 3 días porque vas los Lunes y Jueves y por lo general no son los mismos de la escuela. No está mal Agustín, suerte que tienen abuela, tias y clubes, pero no es lo mismo.

Que querés decir con amicompañeros?

Cuantos amigos tenés – eh abuelo si vos sabés…Facundo, Santino, bueno y otros, – y de que hablan?… eh abuelo… en el recreo no se puede, corremos, jugamos, a veces chateamos.

Ahí tenés,  son más compañeros que amigos.

Bueno cortamos esta charla acá, te gané por un barrio a cero.

Este viaje en el tiempo me trajo los recuerdos más lindos de mi vida, mi abuela, el parque, los bailes, el flaco, Susanita, la bici…

Parafraseando a Pichuco Troilo te digo esos  versos fantásticos con la misma emoción…

Mi barrio era así, así, así.

Es decir qué se yo si era así?

Pero yo me lo acuerdo así!,

Con el cholito , el carbuña de la esquina,

Que tenía las hornallas llenas de hollín,

Y que jugó siempre de “jas” izquierdo al lado mío,

Siempre, siempre,

Tal vez pa’estar más cerca de mi corazón!

 

Alguien dijo una vez

Que yo me fui de mi barrio,

Cuando? …pero cuando?

Si siempre estoy llegando!

Y si una vez me olvidé,

Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja

Titilando como si fueran manos amigas,

Me dijeron: negro, negro,  quedáte aquí,

quedáte aquí…

PEDRO ARIGONI –

VOCES DE BRONCE

Iba caminando por Corrientes, parando en cada librería, hojeando libros y libros, sin comprar ninguno, estaba en la mala, apenas si llegaba a fin de mes. Caminaba desde Uruguay hasta el Once y me ahorraba el costo del subte, después me colaba en el tren, toda una aventura y rutina a la vez, subía en el coche del medio, al llegar a Floresta me bajaba y esperaba el siguiente; allí me subía al último vagón… los guardas también tenían su rutina, empezaban en las puntas y se juntaban en el medio. Bajaba en Ramos, cruzaba Rivadavia por el túnel  y sin apuro recorría las 15 cuadras  por Avenida de Mayo hasta Don Bosco. Todos los días, mes a mes desde hace 8 años. Pero hoy fue distinto, al pasar por la disquería, los acordes de un tango, me transportaron 20 años atrás: voces de bronce llamando a misa de once…¡Cuantas promesas galanas cantaron graves campanas,  en las floridas mañanas de mi dorada ilusión!…,

Las carreras de bicicletas por  las 4 avenidas, los bailes en el Club del Progreso, los asados en el parque, la profesora de inglés, ¡que delantera! Pero el recuerdo más nítido es para  Merceditas, que linda que era, seguramente lo sigue siendo, unos ojazos negros, vivaces,  su sonrisa me derretía, estaba perdidamente enamorado. Ella  Iba al Normal y yo al Nacional, ella iba a ser maestra jardinera,  yo arquitecto; los bancos de la plaza del hospital fueron mudos testigos de ilusiones compartidas en  tardes otoñales, donde tomados de la mano nos jurábamos amor eterno. Nuestra caminata, siempre el mismo recorrido, nos parábamos a admirar y disfrutar el perfume de las magnolias del chalé de doña Carmen hasta llegar a la esquina de su casa. La despedida, un beso y hasta el domingo, cuando las voces de bronce de las campanas de la Catedral, nos llamaran a renovar nuestras promesas.

Después de misa, las chicas cruzaban la calle y comenzaba “ la vuelta del perro” por todo el perímetro de la plaza San Martín, ellas en sentido de las  agujas del reloj, nosotros, al revés…, miradas, guiños, sonrisas, amores de estudiantes….

No fue maestra jardinera, se casó con el hijo de un estanciero de Suipacha, yo tampoco fui arquitecto, apenas si pude levantar un castillo de arena en San Clemente en las vacaciones de 1900 y pico.

Marianela me abraza al llegar a casa, Felipe llora en el cochecito, Agustina me dice, ¡que suerte que llegaste!, pelá las papas y ponelas a hervir, luego dale un vistazo al cuaderno de Guadalupe, mientras le cambio los pañales a Felipe. Todos los días la misma rutina, en mi cabeza el disco gira y gira y la voz de Julio Martel que sentencia… Hoy te dirá otro labio la cálida y pausada, palabra emocionada, que pide y jura amor, en tanto que mi alma, la enferma desahuciada, solloza en la ventana del sueño evocador.

Voces de bronce llamando a misa de once…

Concurso de Cuentos organizado por el Centro de Jubilados del Banco Nación

Beba, gracias a su obra “Tango”, obtuvo el tercer lugar entre mil participantes inscriptos. Como requisito del certamen literario se solicitó un seudónimo para presentar los textos. Ella eligió “Palito”, apodo de su hijo Pablo Marcelo Córdoba, detenido desaparecido el 8 de junio de 1977.

La entrega de premios se realizó en la sede central del Banco Nación, donde asistió acompañada por su familia.

TANGO

El “petiso” Alfaro tomó el chambergo, se lo puso requintado sobre un ojo, alisó suavemente el ala para doblarla un poco a los costados, se ató el dengue al cuello a lo compadrito y partió rumbo al club La Estrella del Sur. Se había enamorado al primer golpe de vista, hacía más de un mes, de una pebeta esbelta y chispeante pero hasta ahora no se había atrevido a acercársele porque existía un escollo: la chica sacaba viruta al piso bailando el tango y haciendo toda clase de firuletes y el “petiso” Alfaro se había sentido frustradísimo pues su sueño para empezar la relación hubiera sido un buen baile, bien apretaditos, viviendo juntos el sentimiento nostálgico de la música. Pero el “petiso” no sabía bailar, ni siquiera un paso. Era lo que se conoce como un perfecto pata dura. Así, se había pasado toda la noche tratando con angustia de encontrar una solución, hasta que, al romper el día no gritó Eureka porque no conocía la palabra pero llegó a una conclusión: sepultaría su orgullo de compadre machazo e iría a una academia de baile. Con paciencia y con constancia, después de un largo mes dedicado al trabajoso aprendizaje logró dominar los secretos del tango y al fín, ese día, ya maestro entre los maestros, pensaba hacer el sensacional debut con la chica de sus sueños. Así llegó al club y, desde la puerta, la buscó con la mirada. Ella se encontraba charlando y riendo en medio de un grupito de chicas y muchachos. El “petiso” se enderezó para parecer más alto y, luego de un titubeo, resolvió hacer un precalentamiento bailando con alguna otra para lucirse un poco delante de la mujer de sus sueños y deslumbrarla, si era posible. Paseó la vista por el salón y allá, en el fondo alcanzó a ver una cara que lo contemplaba y que pertenecía a una chica sentada detrás de otras muchachas. El petizo entonces se arrimó a la pista al comenzar el tango y cabeceó para invitarla a bailar Ella sonrió y comenzó a levantarse, y bien dicho lo de comenzó porque no terminaba nunca; era alta, altísima y gorda, gordísima. La mole del Everest avanzando hacia él. Alfaro empezó a transpirar copiosamente y cuando la tuvo delante sólo atinó a estirar los brazos para intentar enlazarla. El resultado fue que su cara quedó sepultada entre dos enormes, inmensas montañas blancuzcas con olor a perfume barato y talco y, suspendido en el aire por dos tentáculos obesos, el pobre Alfaro dejó de tocar el suelo, mientras una fuerza irresistible lo arrastraba de aquí para allá por la pista. De repente empezó a oír risotadas, carcajadas que lo rodeaban y enrojeció de vergüenza hasta las orejas. Al pasar y alcanzando a sacar el rabillo de un ojo por entre las inmensidades voluminosas que lo aplastaban pudo ver a su amada que se descostillaba de risa con el resto de la gente. No supo cuánto duró el suplicio y su vergüenza pero, terminado el baile, salió huyendo del salón, del club y del barrio porque nunca más se lo volvió a ver.

Pasaron los años y dicen las comadres que algunas noches, cuando la luna brilla en el empedrado, se puede ver al final de alguna calle una extraña figura de chambergo y dengue al cuello que recita con triste voz: “Tango que me hiciste mal y sin embargo te quiero, porque sos el mensajero del alma del arrabal”. Yo no sé si es cierto, pero algunos viejos sabios saben decir que entre el corte y la quebrada

de un tango suelen colarse fantasmas melancólicos de otros tiempos en busca de algún sueño perdido.

ALBERTO MORAN –

Su primer disco fue un fonopostal, grabado directamente en el Correo .Se le, ponía una estampilla en el hueco grabado y se enviaba. Costaba $ 1.18. Fue un invento argentino. Allí grabó Como se pianta la vida y Humillación.

Por aquel tiempo tambien andaba de serenatas, un amigo le sostenía una vela para que pudiera ver la letra que llevaba anotada.Si había un viento fuerte se suspndía la serenata.

Un día se coló en un recital qwue daba una conocida cancionista, Olga Norton, en un club de Avellaneda. Un amigo de él convenció al locutor que lo dejara subir al escenario en los intermedios.

Como se llama le dijo, asi lo anuncio

Y… digame Alberto Román, pero el locutor se confundió y lo presentó como Alberto Morán, y esa noche cantó Yuyo Verde de D. Federico y Expósito, , fue ovacionado como nunca lo había soñado. Cuando bajó le dijo al amigo, viste Antonito, me anunció como Alberto Morán, la verdad que me gusta más.

Fue el cantor que más hinchada llevaba, especialmente las mujeres se volvían locas por él.

ALMA DE TANGO – (La tanita)

Cecilia López Badano

Los brocatos de rojo pesado se esfumaban en la bruma densa de cigarros y perfume barato, se derretían sobre las luces que parecían continuarlos; el humo danzaba empañándolos al ritmo de la borrachera que hacía sonar un bandoneón. Todavía era temprano, pero ya una o dos estaban ocupadas; las otras se desparramaban sobre los sillones para que se les vieran las medias negras hasta el horizonte tentador del portaligas.

Pierina sostenía la curda triste de un paisano viejo, que se le pegaba diciendo que le recordaba a su piccola figlia morta all’Italia. Ella lo escuchaba detrás de la indiferencia, mientras el Payo controlaba que cada una estuviera en su lugar: le habían dicho que los dotorcitos cajetilla, los jailaifes que discurseaban sobre terminar con la prostitución, andaban inspeccionando; estaba alerta: debía parecer entonces un padre preocupado y no un cafishio de segunda regenteando el local de un polaco enriquecido que ya no quería dar la cara.

En la inmediatez rutinaria del tedio, anochecía lentamente para ella. Los hombres iban llegando, ruidosos, fanfarrones, ávidos de oídos, como siempre; los contemplaba en silencio, aburrida, mientras el borracho seguía lloriqueando a su lado.

Él entró en silencio, distante, diferente. Apenas lo vio supo que no era como el resto: hablaba de ello la serena altivez aquilina de su mirada. También él la descubrió enseguida en el ángulo del salón y se le acerco sin reparar en nadie, ni siquiera en el borracho de cuyos tentáculos ella comenzó a desprenderse suavemente, hasta con cierta compasión. Sus miradas se encontraron y no hizo falta que le preguntara si quería bailar: el cuerpo de Pierina era ya sensual entrega, fascinada seducción ceñida entre sus brazos y el compás de la milonga. Sintió que su cuerpo se erizaba: eso no era profesión, sino la misma llama adolescente que la había impulsado a huir del conventillo olvidando en los brazos de aquel muchachito anarquista la ingenua moral que su padre italiano le inculcara… No había tenido suerte: la policía se lo arrancó a los pocos días y le devolvió un cadáver desfigurado en la tortura.

Su cuerpo se entregaba más allá de su voluntad y él lo sentía, la apretaba ahora en un tango con el aliento entrecortado de deseo. Por segunda vez comprendió intensamente a su madre, huyendo de retorno a Italia, tras la loca pasión de un marinero de Trieste… nunca más supieron de ella. Absorta en él, colgada de esos ojos que la sostenían con una ternura inédita entre esas paredes, ni siquiera reparó en que todos habían dejado de bailar para observarlos, para cruzar miradas temerosas tratando de que el Payo no las notara; tampoco, en que el Payo se ensombrecía; sólo retornó a la realidad cuando la copa de quien se decía su dueño se estrelló furibunda contra la pared y las otras mujeres gritaron.

Tampoco aquello era profesión, y lo advirtió al instante, cuando su compañero la soltó bruscamente: no permitiría que se la quitasen; estaba dispuesto a matarlo y desenvainó el facón apenas a unos pasos de la ira desbordada del Payo: el duelo se había iniciado; los cuchillos cortaron el humo y la música del bandoneón; los dos eran diestros, pero el Payo, además, era tramposo: se hizo el herido en una falsa agachada y saltó luego como un gato salvaje, tocando certero la hoja adversaria sostenida por un pulso ya relajado: Pierina sintió que le arrancaban otra vez el corazón. El Payo se iba encima de él, lento pero preciso, midiéndole la valentía con saña, insultándolo con el puñal en la mano.

Ella dio un grito y se cruzó entre los dos, pegada a él, protegiéndole el pecho con los brazos extendidos: no dejaría que le arrebataran otra vez la pasión. El facón del Payo se detuvo muy cerca de su vientre. Ella le sostuvo arrogante la mirada y la hoja subió de golpe, amenazadora sobre su pecho. No tembló: también ella era de metal en ese instante. Su desprecio aflojó por un segundo el pulso del Payo y el cuchillo cayó de sus manos herido con el acero del odio que ella había desenvainado en esa mirada feroz.

El tajo de la estrecha pollera de raso se desgarró de golpe cuando el minúsculo zapato de taco agudo se cruzó sobre la hoja del arma; la esbelta pierna enrejada en la media negra desnudó aún más su torneada belleza. Los ojos helados se incrustaban en los del Payo: ya no los desteñía la indiferencia complaciente.

—Levantalo si sos macho.

Las palabras, moduladas sin exageración, sin altisonancias, sonaron a cachetada.

El Payo supo que no había retorno, que Pierina había ganado; herido, retrocedió mientras su orgullo se desangraba, resentido y en silencio: nunca una mina se le había animado y, por mucho menos que eso, las demás habían “cobrado”, pero esa gringuita de mierda… La rueda se abrió en un punto mientras el Payo caminaba de espalda; antes de salir, su rostro se contrajo en un gesto oscuro, cínico; levantó la mano hasta sus labios y, con los ojos clavados en los de ella, besó con odio una cruz improvisada con sus dedos: se la estaba jurando. Desapareció. Tímidamente despertaron otra vez los bandoneones.

El otro levantó los cuchillos, envainó el suyo y, tomando el de mango grabado con las iniciales de El Payo, lo puso entre las manos suaves de Pierina; esa era su forma de agradecerle: la sentía su par; ella no demostró sorpresa ante el gesto imprevisto; helada y cortante miró a cada uno de los que la rodeaban como desafiándolos a que se lo quitasen: ninguno pudo sostenerle la mirada y, con una sonrisa triunfal, lo calzó desnudo en su cinto de charol, después se pegó a él, se inclinó sobre su hombro reposando, le entregó la cadera, la cintura, los pechos, los labios en un gesto moroso, acompasado, sedoso como el tango, y siguieron bailando. Ya no tenía dueño; liberada en esa entrega, soñando con su futuro, bailó como nunca. No sabía aún que al Payo no le hacía falta el cuchillo, que le bastaría con las manos ásperas y rústicas para doblegar en muerte la sensual soberbia erguida de su cuello apenas saliera del cabaret para buscar su ropa, lejos de la avara luz tanguera de cualquier farol.

RECUERDOS                                                                           (Pedro Arigoni)

Tomo el tren en Once le dije a Nidia, no importa a qué hora sale, llego a la terminal de Retiro a las 5 de la mañana, en media hora estoy  y espero el primero que salga a Mercedes; al flaco lo llevan a las cuatro de la tarde, hay tiempo.

A las siete y media de la tarde me llamó Nacho Curtade, se murió el flaco”, así nomás me dijo, sin anestesia, y siguió, “estabamos jugando al paddle, sintió una puntada en el pecho y  se murió, así como era él, sin avisar, sin consultar, sin nada, se murió de golpe el muy turro, perdíamos  dos set a uno y me dejó solo, solo, estábamos repuntando carajo, se murió ahí, en la cancha, flaco viejo, te moriste”… y se largó a llorar.

Lo llamé al gringo Donato, me confirmó y me dijo: “lo enterramos mañana a las cuatro de la tarde, te esperamos”.

No puedo concentrarme en el libro que llevé para acortar la distan-cia. Pasamos Merlo, Padua, ahí viene Paso del Rey con su techo de chapas, pero sin el viejo Matías. Acá jugaba Nidia de la mano del tío Nicasio cuando ni sabía de su existencia, el puente de madera, el riacho sucio, el agua verdosa,… me contaba que fueron sus años felices. Dejamos atrás Moreno. Ya no puedo jugar con los colores de los autos que vienen y van, ahora está la autopista, apenas si pasa alguna chata vieja o un colectivo lechero de La Lujanera.

En  Luján, me bajo a comprar una gaseosa y a estirar un poco las piernas, camino por el andén, todo está igual, nada ha cambiado, como dice el tango, ahí está el kiosco donde compraba el Clarín cuando iba a Buenos Aires a buscar trabajo. Los clasificados no llegaban a Mercedes. Suena la campana de bronce…no, no, …tañe, la campana de bronce… “ tañe”, no suena, porque el sonido no es el mismo, porque la campana de la estación de Luján, tañe distinto, suena a esperanza, a futuro, a bienestar. Con su tañido me decía dale, abrí los clasificados, ahí tenés tu oportunidad, hoy sí vas a encontrar trabajo… hasta que un día se me dio, volví triunfante, conseguí trabajo, mentí, dije que vivía en Flores, en Condarco 376 (creo que ni existe ese número), pero me tomaron y estaba feliz.

Ay flaco, que nos hiciste. Me acuerdo  de los cumpleaños de 15 en Jáuregui, de las hijas  de los obreros de la Algodonera, del Club El Timón, de madrugadas esperando el tren para volver a casa…, de los campos de lino pintados de celeste.

Este tren va muy rápido, ya diviso los silos del Molino, la cruz de la parroquia San Patricio, más allá la Catedral. Atravesamos la calle 17 y entramos en el andén del medio. Mi corazón va a estallar, recuerdos y más recuerdos se atropellan en mi cabeza cuando cruzo las vías hacia el otro andén, veo el kiosco y no está Enrique, ¿será el hijo? Tampoco veo El Tony, Misterix, Rayo Rojo,…ya no hay lustrabotas. Salgo a la calle, empedrada todavía, paso las vías del San Martín, me topo con el Hotel Brístol, mudo testigo de aquel encuentro amoroso con Susanita,…su primera vez. Fue un verano tórrido a las 3 de la tarde, llegamos cada uno en su bicicleta, las dejamos en el patio frente a la cocina y nos metimos en la habitación con pisos de ladrillos, ventanas altas con rejas, una cama matrimonial, un ropero, un velador sin pantalla, y una bombita de 25 watts, para qué más. Estuvo bien, me porté como un caballero, nos fuimos a las 5 de la tarde y nunca nadie se enteró de ese encuentro. No se repitió, con los años nos vimos varias veces y jamás tocamos el tema.

Flaco, fuiste el último que se casó y el primero en irse, qué jodido eh,…me acuerdo de la despedida de soltero en un boliche de la ruta, llegaste rengueando, tenías un dolor agudo en la ingle, nos la comimos, fue una mentira para que no te dejáramos en bolas  después de la cena.

Voy por la calle 25 y al llegar a la 16 antes de doblar hacia la 29 me paro justo en la esquina, ahora hay una agencia de quiniela, pero allí mismo estuvo la telefónica, Teléfonos del  Estado en aquella época, más recuerdos aún, horas de espera para que te comunicaran con tu tío en Ciudadela, en casa todavía no teníamos teléfono.

Estoy llegando a la cochería, no quiero entrar, no me animo, pero justo me ve Luis, se acerca, nos abrazamos, lloramos, me dice: vení a ver si convencés a Nacho que salga un rato.

Lo primero que veo es a Quique, al gordo Zárate y a Palito Beltrame, ¡qué casualidad! La línea media del Deportivo; el flaco era el arquero. Setiembre del 61, la semifinal contra Gimnasia en la cancha de la Liga, perdimos por penales, que me pasa, fui a despedir a mi amigo y solo tengo recuerdos, acaso estoy negando esta triste realidad. Se me acerca una mujer, no se quién es, aunque algo me dice que la conozco.  —Hola ¿cómo te va? me dice, —Hola,…el corazón me da un vuelco, no lo puedo  creer, la personificación del tango “ Como dos extraños”,  es  Susanita, mi Dios, ¡el tiempo la mató! Por respeto a aquel encuentro de hace 50 años, no la voy a describir. Me acompañó a dar el último adiós al flaco, no me pude concentrar, me mareaba el perfume barato que se había tirado por todo el cuerpo.

Despedimos al flaco, le llevé unas flores a mamá y papá, hacía mucho pero mucho tiempo que no los visitaba, les pedí disculpas, no sonó creíble, es que para mí el que murió, murió. No me convencen las visitas a los cementerios, las flores, los aniversarios; ya les dije a mis chicas que cuando me llegue el turno no se preocupen; cenizas, una bolsita de plástico y camino a Madariaga, como quien no quiere la cosa, paff…al aire.

Fuimos a tomar un café a La Perla, Miguel aquel mozo tampoco estaba, charlamos de todo un poco, se acercaba  la hora del regreso, se ofrecieron a llevarme hasta la estación, preferí caminar. Nos despedimos prometiéndonos volver a vernos; en otras circunstancias en lo posible.

Volvía por la calle 25, ya las luces de los negocios encendidas, no estaba el negocio del  padre de Luis, ahora había una peluquería Unisex, tampoco Casa Méndez, en su lugar hicieron 3 locales, todos con ropa coreana.

Llegando a la calle 18 escucho, Juan, Juan, doy vuelta la cara y veo a Susanita, agitada, a paso redoblado para alcanzarme. —Hola, le dije, ya estoy yendo de vuelta. —Me imaginaba que no te quedarías, me respondió; solo te robo un minuto nada más. —Dale, decime…

—Tengo que hacerte una confesión, te acordás aquella vez en el Bristol, esa tarde de tanto calor, bueno…no fue mi primera vez, ni segunda ni…antes de encontrarme con vos, a la mañana estuve con Raúl en el asiento de atrás de su Gordini, y la noche anterior con el Negro González.

—Bueno, en tren de confesiones, debo decirte que esa tarde…sí fue mi primera vez.

—Me dí cuenta…  me dijo

ROBERTO FONTANARROSA– El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos

CUENTO 3: “ROSITA, LA OBRERITA”

Las madrugadas frías del barrio la veían pasar, caminando

apurada, hacia el taller.

Pobrecita Rosita, la obrerita. Delgada y tierna, gorrión temprano.

Toda la semana en la tejeduría, soñando, soñando con el sábado

a la noche.

Las mujeres del barrio al verla, aterida de frío, se decían: “Allá va

Rosita, la obrerita. Pobrecita.” Gorrión temprano.

Y ella era un sol, un rimero de luz, en el aire pesado del oscuro

galpón de su trabajo. Los muchachos del barrio la querían. Desde la

amistosa humareda del café, la miraban cruzar, ágil el paso en su

vestidito liviano de percal, y se decían: “Allá va Rosita, pobrecita. La

obrerita”. Gorrión temprano.

Y no apagaba su sonrisa dulce el doble turno feroz de su trabajo,

porque Rosita esperaba el sábado a la noche. La gota feliz, la alegría

corta, la inocente diversión del baile.

Y el sábado a la noche Rosita era un pájaro liberto, una paloma

que arañaba por fin un pedazo de cielo, cuando se miraba en el espejo

de su altillo pobre y se veía linda. Porque era linda, Rosita. Pobrecita.

Con esa belleza frágil, cristal apenas, de las muchachas sencillas. Su

madre, viejita dulce, nácar las manos bondadosas, la peinaba

largamente con el mismo peinetón gastado que les había dejado el

cariño ausente de la abuela, que sin duda, desde arriba, sonreía.

¡Y qué contenta se ponía Rosita, pobrecita! Era una flor nocturna,

capullo crecido en el yuyo sin malicia del zanjón urbano, peristilo que

espera el fresco de la oscuridad para abrirse en corola para mostrar su

belleza.

Los sábados a la noche los muchachos la admiraban y se decían:

“Allá va Rosita, la obrerita. Pobrecita”.

Eran pocas horas nada más de gozo. La ilusión de una mirada

varonil, el rubor intenso en sus mejillas pálidas, la ensoñación de un

tango que la hacía girar locamente por la pista sintiendo el brazo firme

del muchacho esbelto que la pretendiera. Nada más que eso. Un

relámpago fugaz. ¡Pero tan lindo! Después, el retorno a la rutina

cotidiana. El encuentro cruel con el frío crudo de la madrugada. Las dos

horas de caminar hacia el taller. Y esa tos. Esa tos que a veces la

doblaba.

Pero no se escuchaba una queja de sus labios. La mantenía jovial

la renovada esperanza de la noche del sábado, las luces de colores que

bordeaban la pista de baile del club de barrio, la amistad cristalina de

esa gente humilde y un sueño, un sueño que Rosita, pobrecita, no

confiaba a nadie. Sólo su diario, amables hojas de papel amarillento,

sabía de su anhelo. Cuando con mano trémula tomaba la pluma le

contaba a su álbum confidente, la espera paciente de aquél que la

vendría a buscar para llevarla, para sacarla de allí, de aquella fábrica y

le regalara una casa sencilla, pero amplia. Un bienestar para su madre.

Y tres pequeños, rubios como debería ser él, cabellos de trigal, ojos celestes.

Ella sabía que alguna noche de sábado, ese hombre vendría.

Y como suele pasar en los cuentos de hadas, una noche de

sábado, ese hombre, vino.

Al patio humilde del club de barrio llegó un joven distinguido, de

hermoso porte y ropas elegantes. “Un príncipe” cuchichearon las

madres, asombradas. “Un hombre rico” comentaban las jóvenes, entre

ellas, entretejiendo sueños de bailar con el desconocido. Pero una sola

mujer hubo esa noche para el recién llegado, y fue Rosita, pobrecita,

quien ya no se sintió tan solo una obrerita. Esa noche ella fue, entre los

brazos gentiles de aquel muchacho, una princesa, una muñeca fina

bailando sobre nubes de algodón.

Más tarde que otras veces, volvió a su casa, y le contó a su

madrecita buena el sueño realizado. Con sus ojos buenos le contó del

príncipe aquél, de sus palabras, y de la promesa que le había dejado al

partir, antes de alejarse en su lujosa vuaturé: “Vendré a buscarte”.

Desde aquella noche la cara buena de Rosita, era una fiesta. No le

importaba ni el frío cortante de la mañana, ni el sucio aire oscuro del

taller, ni su rebelde tos, tan reiterada. Era feliz Rosita, la obrerita.

Pobrecita. Gorrión temprano.

Sólo tenía que esperar, e hilvanar sueños: la casa grande de

ventanales por donde la luz se derramara generosa, la pieza alegre para

su madrecita y volver cada tanto hasta su barrio bueno, a ver a los

amigos, a quienes la vieron crecer, a los testigos sencillos de su vida.

Pero pasó más de un año y del muchacho aquél no tuvo ni una

flor, ni una noticia, ni un recado apenas, pobrecita. En su pecho, la

congoja, comenzó a apretar su corazón joven con un puño duro. Y fue

una tarde, volviendo del taller, aquel taller que le compraba su juventud

por un puñado de monedas, que Rosita se encontró con don Nicola, el

tano viejo y bueno que había venido hasta aquí en el “Conte Grande” a

poblar nuestra tierra con sus hijos, también buenos.

El organito de don Nicola desgranaba su melodía cadenciosa y

algo triste, que sabía tararear una cotorra. Una cotorrita de la suerte. Y

Rosita quiso saber si su futuro podría encontrarse entre los dobleces

desprolijos de un papelito. Un papelito que la cotorrita buena le alcanzó

a Rosita con su pico. Y allí decía, estaba escrito: “Se está casando, el

muchacho aquél, en la parroquia, de San Miguel”.

Pobrecita Rosita, la obrerita. Deshecha en lágrimas, un mar de

llanto, cayó en su lecho quebrado el pecho por la tos convulsa. En la

pobre humildad de su altillo, pálida y apagándose como una llama de

un fósforo de cera, dos cosas nada más pidió a su pobre madre: que le

trajese la muñeca vestida de colombina, y que fuese a buscar al ingrato

que la engañase con promesas vanas. En la noche de cierzo zafiro, salió

la anciana arrebujada en una pañoleta, mientras, en la cama, Rosita, la

obrerita, acunaba en un tango a su muñeca.

Era un salón lujoso, brillaba el piso de mármol como un espejo

caro, y una gran orquesta esparcía por el aire los evanescentes giros del

vals de los novios. Él, flotando en el aire su pelo rubio, trigal al viento,

no supo de la entrada de la viejecita humilde cuando ella llegó bañada

en lágrimas, hasta la escalinata de la fiesta rica. Pero cruzó el salón la

pobre anciana y la orquesta calló, como una ofrenda. La pobre anciana

tomó del brazo al petimetre y sólo dijo: “Mi hija se nos marcha, camino

del Señor”. Del brazo de la otra se desprendió el mancebo. Y en su

lujoso coche, perseguido quizás por la culpa, se lanzó en busca de

aquella que lo había esperado en vano, tanto tiempo, y que ahora se

marchaba en busca de otra cita, allá en el cielo.

Cuando subió al altillo, Rosita lo miró con esos ojos, resecos de

llorar y sólo dijo: “Estos son mis compañeros. Julio y Franco”. Y señaló

a dos obreritos, con ropa de trabajo, sudor honesto. Y los dos obreritos,

pájaros buenos le dijeron al muchacho aquel, al elegante, con ese tono

simple y sencillo del que se educó en la escuela popular de las veredas,

que sería mejor si retomaba a esos quince operarios, despedidos.

Y el muchacho aquél, el elegante, del taller tejedor único dueño,

quizás ante el tono convincente de esos hombres, de esos hombres puro

sudor y herramientas de trabajo, quizás ante la vista de esas manos

que sostenían tal vez un fierro en “U”, alguna llave en cruz, una barreta,

firmó con mano veloz cuanto papel le pusieron adelante los muchachos.

Y siguió el barrio viéndola pasar a la obrerita, de la casa al taller

todos los días. Se curó de la tos y sigue alegre, sencilla y buena. Las

mujeres amigas de su madre, viejitas buenas, dicen al verla: “Allá va

Rosita, la obrerita. Pobrecita”.

O suelen comentar, curiosas ellas: “Desde que vio Norma Rae

¡cómo ha cambiado!”.

Y Rosa sigue esperando el sábado, su día dilecto, como un pájaro

gris, gorrión temprano.LOS BERON

El matrimonio de Adolfo Manuel Berón y Antonia Iglesias. El padre, que era cantor, compositor y guitarrista inculcó a todos sus hijos, desde la niñez, el aprendizaje de la guitarra y el canto. Así fue, que a través del tiempo, cada uno de ellos lograría destacarse primero en la música criolla para luego convertirse en figuras destacadas del tango. Adolfo, José, Raúl, Elba y Rosita, resultaron dignos herederos de don Adolfo, en un hogar frecuentado diariamente por artistas, donde la música era parte de la vida familiar

Raúl Berón fue, para algunos, el mejor cantor de orquesta que dio el tango, aunque otros grandes vocalistas, como Floreal Ruiz o Roberto Goyeneche, le disputen -en las discusiones de los sabedores- ese cetro. De clara estirpe gardeliana, registro de tenor y timbre aterciopelado, su apogeo coincidió exactamente con la época de mayor auge del tango: desde su ingreso a la orquesta de Miguel Caló en 1939, hasta su retiro de la de Aníbal Troilo en 1955.

Fue y vino varias veces a la orquesta de Miguel Caló,cantó con Lucio Demare, tuvo una breve y olvidable actuación con Franchini-Pontier y Sobrevino entonces la brillante incursión de Berón en la orquesta de Troilo, probablemente la más venerada del tango. Aquella conjunción produjo versiones admirables, como las de algunas viejas páginas, entre ellas “De vuelta al bulín” e “Ivette”, u obras nuevas como “Discepolín”, conmovedor homenaje en vida que Troilo y un moribundo Manzi le rindieron a Enrique Santos Discépolo.

Elba hizo su debut en la radio, en 1943, acompañándose con su guitarra.

En 1946, a los 16 años, junto a su hermana Rosita de 13, repitieron lo que 10 años antes habían realizado sus hermanos José y Raúl, conformaron un dúo para debutar en Radio Belgrano, donde interpretaban canciones criollas, milongas y valses.

Lamentablemente, en 1956 se disolvió el dúo, el motivo fue que Rosita se casó con un reconocido jugador de fútbol, integrante del Club San Lorenzo de Almagro, Roberto Resquin, quien fue contratado en Colombia, lo que obligó al matrimonio a trasladarse. A partir de ese momento, Elba continuó su carrera como solista y definida hacia el tango.

En 1960 se produciría un hecho importante en su carrera, es contratada para participar en la comedia musical de Enrique Discépolo, “Caramelos Surtidos”.. En dicha obra se destaca en la interpretación del tango “Y a mí qué”, de Aníbal Troilo y Cátulo  Castillo y, al finalizar la temporada teatral, es incorporada por Troilo a su agrupación orquestal, en reemplazo del cantor Ángel Cárdenas, brevemente suplantado por Jorge Casal. El otro cantor de la orquesta era Roberto Goyeneche. Fue la primera mujer que participó como cancionista estable de una orquesta de la magnitud de Aníbal Troilo. Con “Pichuco” estuvo casi 3 años, desde febrero de 1961 hasta el 30 de noviembre de 1963

TANGO

Bailemos. Que cante el bandoneón nuestro tango cruel. Que suenen los acordes de tu más pesado dolor, che Goyeneche, cantáme tu canción. Yo te la voy a homenajear sintiendo ese sufrir, que la nostalgia de una mujer alguna vez te perfumó.

Acercáte rubia, que su voz se amolde a nuestros cuerpos y nos muestre el ritmo que tenemos que seguir. Que no se calle todavía el sonido en la noche que se convierte en pena cuando acaba, y tu boca que acaricie mi mejilla dejando rezagos de tu lengua. Tu pierna enroscada en la mía y tu cabeza de pronto hacia atrás. Mi mano sosteniendo el lugar exacto en que concluye tu espalda y lo profundo de la desnudez de tus pechos clavada en el verde sediento de mis ojos.

Que siga sonando mientras recorro tu cuello y te entro sobre una esquina en semipenumbra del cuarto que conseguimos en Caminito de la puta Buenos Aires que la parió.

Que no se termine nunca la canción, para que no tenga que salirme de vos ni que la agitación en tu boca se muera de repente. No por lo menos antes de que tu cuerpo se estremezca en ese punto de no retorno en que todo se detiene y la vida y las ideas y la mente en blanco y por fin el miedo que explota y desaparece y la respiración se vuelve normal otra vez.

Y casi sin descanso, para no olvidar lo hermoso de sentirte, la pedimos nuevamente.

Música, maestro.

Lucas Cohen

Tango secreto –

De Jorge Feldman Rosa                                       

Nadie puede afirmar que el doctor Eulogio Luna tenga doble personalidad, pero el hecho es que de lunes a viernes dirige con rigor su cátedra de neurología en la facultad de medicina y los sábados por la noche se viste con un traje cruzado impecable, se calza unos escarpines de delicada cabritilla reluciente, se aplica unos toques de Eau Savage de Christian Dior y a las diez en punto entra en la milonga El Firulete, la más antigua y prestigiosa de la ciudad donde, desde sus tiempos de estudiante, se lo conoce como El Chino Luna.

Mientras estuvo casado ocupó una mesa pegada a la pista y bailaba solamente con su mujer, pero desde que enviudó se instala en un taburete de la barra poblada de hombres solos que otean el salón en busca de compañeras para salir a bailar .

El Chino volvió a pisar la pista con una mujer en los brazos unos dos años después de enviudar y esto sucedió a instancias de una dama bastante mayor que él, quien también había enviudado y perdido a su compañero de baile.
—Es una pena que con lo que nos gusta el tango pasemos la noche rumiando nuestra soledad y mirando bailar a los demás. Además, usted tiene un estilo sereno y elegante que, estoy segura, no me causará fatiga. Sáqueme a bailar.
Ningún caballero que se precie puede negarse a semejante convite y salieron a bailar como si hubiesen sido pareja toda la vida.

Finalizada la seguidilla de temas, el Chino acompañó a la anciana dama hasta su mesa, compartida con sus hijas y yernos, todos amantes del tango y habituales de la milonga.
—Chicas, no pierdan la oportunidad de bailar con El Chino y van a saber lo que es bueno. Y ustedes, pataduras, miren y aprendan —agregó para escarnio de los varones. Una de las mujeres se paró de inmediato y, desde esa noche, El Chino Luna no paró de bailar.

Todas las mujeres de El Firulete coinciden en que bailar un tango con El Chino es ser transportada a una dimensión emocional que no saben explicar y buscan encontrar su mirada para ofrecerse a bailar.

Los hombres no se oponen porque en El Firulete todos se conocen y el bailarín estrella es un cincuentón petiso, muy feo y con unas manazas desproporcionadas que guían las figuras, giros y cadencias sutiles y sencillas del tango de salón. No hay un verdadero abrazo en la danza con El Chino; las mujeres le apoyan su antebrazo izquierdo en el hombro y dejan que su mano derecha se pierda en la enorme garra de su compañero, mientras él apoya suavemente su derecha en la espalda sin pasarse de la columna vertebral para marcar la distancia y evitar el abrazo total, la unión de los torsos y el contacto de las mejillas, como si esas intimidades le pertenecieran sólo a la mujer que amó. Los que buscaban develar los secretos del bailarín sólo llegaron a advertir que esa mano gigante es la clave: apenas se desliza por la espalda de su dama, marca con la yema de los dedos y el pulpejo y, pocas veces, se apoya en la cintura para guiar alguna figura sugerida por la música. Lejos de provocar celos, el estilo de El Chino suscita admiración por la forma delicada y precisa en que conduce a sus parejas de baile.

Cuando sale a la pista con alguna compañera a la altura de su sensibilidad y habilidades, todos se hacen a un lado para verlos en acción. Durante esos tres minutos del tango sólo hay celebración. Los bailarines caminan, giran y se hamacan sin un solo gesto de lubricidad, sin ninguna exageración corporal “for export”. La sensualidad está en la música que entra por los oídos y fluye por todo el cuerpo hasta los pies; las bailarinas se lucen y los espectadores quedan fascinados por el goce que emana del baile por el baile mismo. En El Firulete se cuenta que algunas mujeres que bailaron con El Chino deseaban que el tango terminase para salir corriendo a echarse en los brazos de sus hombres rogándoles que les hagan el amor.

Cuando le llegan estos comentarios El Chino sonríe, señala que es una fantasía y agrega que el único secreto del tango está en conocer la música y dejarse llevar por ella. Pero cuando en tono de broma dice que lamenta ser feo y que algunas muchachas guapas no piensen en echarse en sus brazos en vez de salir corriendo, hay algo en el brillo de sus ojos que delata que oculta algo.

* * * * *

Nadia Kovacheva, la famosa bailarina del Bolshoi, a su paso por la ciudad pidió que la lleven a un lugar donde se baile tango: a una milonga.

El tango que le enseñaron sus “regisseurs” y profesores de ballet le resultaba demasiado alambicado. Por otra parte, las versiones tangueras creadas para deslumbrar turistas extranjeros le parecían exageradas y falsas. Para complacerla decidieron llevarla a El Firulete donde, cuando tomaron la reserva de su mesa, no perdieron la oportunidad de anunciar por los altavoces que la famosa etoile rusa iría esa noche para ver cómo se baila el tango de verdad.

Sentada a la mesa y maravillada por ese curioso ambiente en el que se mezclan personas de edad y jóvenes guiados por su pasión o curiosidad por el tango, Nadia oyó hablar de El Chino Luna, al que pidió ser presentada.
—Me gustaría tomar clases de tango con usted.

El Chino le explicó que él no era profesor; que era un médico que iba a bailar todos los sábados a esa milonga por diversión. Si ella conocía algún tango podía pedir que busquen la grabación e invitarla a bailar ahí mismo.
—Hay un disco de José Colángelo interpretando tangos instrumentales de Julián Plaza; lo conozco bien porque he ensayado algunas coreografías con él.
—No está mal; es uno de mis favoritos.

* * * * *

La condujo a la pista tomada de la mano y al llegar al centro la bella Nadia se colgó naturalmente de su cuello en un apretado abrazo.
—No es necesario, salvo alguna intención pasional de su parte— señaló él en un susurro. —Y si la tiene, le recuerdo que, por lo menos, la doblo en edad —agregó con una sonrisa que en su rostro se vio como una mueca.
—¿Qué debo hacer?
—Oír la música y dejarse llevar. Aquí manda el hombre.
—Míreme a los ojos. Guíeme también con la mirada.
—Para mí será un placer; pero usted tendrá que soportarlo. Vea, si tiene en mente alguna coreografía, algún automatismo, bórrelos porque no funcionan. Cada tango es diferente. Ponga toda su atención en la música y en la forma en que mi antebrazo en su flanco y mi mano en la espalda le marcan el camino.
—Que Dios me ayude— pidió ella. —Todo mi prestigio profesional se juega en esta noche; nos han dejado solos en la pista.

Y comenzaron a bailar. Uno tras otro los tangos potentes, armónicos, únicos, fueron fluyendo. A medida que Nadia se sentía más segura de sí misma y crecía su entusiasmo, la mano de El Chino apenas se movía por su espalda y sus dedos y pulpejo presionaban y aflojaban aquí y allá ordenando girar, caminar, cortar, quebrar el talle, hacer un ocho, detenerse. Por la mitad del quinto tema Nadia se colgó de su cuello, se apretó impúdicamente a su cuerpo envolviéndolo con una de sus largas y hermosas piernas y le susurró al oído con su marcado acento eslavo:
—Señor Chino, ¿qué me está haciendo?
—Mostrándole cómo bailamos en esta milonga.
—No puedo contener un orgasmo, musitó en agonía.
—Era de esperar —dijo él por todo comentario mientras con su dedo medio oprimía un punto preciso de la espalda de Nadia Kovacheva, quien alcanzó el clímax y se desarmó en sus brazos en el momento justo en que la orquesta hacía sonar los acordes finales.

El público estalló en un aplauso. La hermosa prima ballerina se sentía flotar y El Chino se mostró una vez más como el bailarín sobrio y elegante que todos los hombres de El Firulete querían ser.

Nadia, algo turbada, le agradeció la experiencia y se despidió prometiendo volver antes de marcharse del país. Al acercarse para el beso amistoso de despedida le preguntó al oído:
—¿Shiatsu?

El Chino dejó asomar una mueca maliciosa que pretendía negar que había sido descubierto; besó su mano y, mirándola a los ojos le contestó:
—Tango. Sólo tango.

* * * * *

Hace seis meses que El Chino Luna no aparece por El Firulete y en la universidad pidió licencia por tiempo indeterminado. Anda cosechando aplausos por el mundo junto a Nadia Kovacheva con un espectáculo en el que sólo ellos dos bailan en un escenario a media luz con los tangos del disco de su primer encuentro.

Los críticos y el público no se explican cómo esa pareja despareja, remedo de la bella y la bestia, puede transmitir a la platea tanta pasión y erotismo, pero coinciden en recomendar vivamente asistir al espectáculo “Tango secreto”.

En sus horas libres, el doctor Eulogio Luna avanza en la escritura de un apéndice para su tratado de neurología que tiene como título provisorio: “Digitopuntura, tango y estimulación neuronal”.

Jorge O. Feldman Rosa, Buenos Aires, Argentina © 2005

“En la pista de la vida”   

Vivi García

Melancólico Atrás era un tipo gris. Como apagadito. Claro que no estaba opaco todo el día, alrededor de las siete de la tarde se despabilaba, se empilchaba lindo y se iba a la milonga de El Pial, en el barrio de Flores. Apenas llegaba, hecho un bombón, sus ojos y otros ojos de pestañas estiradas se encontraban. Después el imprescindible cabeceo. Y unos segundos más tarde el milagro del abrazo.

A la medianoche, cuando las luces del salón comenzaban a apagarse, y una huida de tacones dejaba a la pista de baile sin caricias, Melancólico Atrás regresaba a su casa por la calle La Fuente, desparramando la luz y los colores que fueron suyos por unas horas.

Hasta que un domingo, ¡con orquesta en vivo y todo!, desde su mesa, Melancólico relojeó a una mujer que era un manojo de coquetería, un derroche de simpatía. La escuchó reír y le pareció que sonaba la voz del Zorzal en sus oídos. Sin duda,  era nueva en El Pial. Melancólico Atrás se tomó su tiempo, como todo bailarín avezado, y la cabeceó.

Durante los doce minutos que duró la tanda de Di Sarli los cuerpos amalgamados disfrutaron especialmente de “Bahía Blanca” como si lo bailaran por primera vez. Se fueron descubriendo tango a tango.

Aquella noche hubo miradas, una tanda de milongas y una propuesta sutil.

Al retirarse, Alegría Acanomás dejó sobre la mesa de Melancólico una invitación a la milonga “El arcoíris del fuelle” que ella organizaba en el barrio de Boedo.

Por esas cosas del destino y de los sentires, hoy, Melancólico Atrás y Alegría Acanomás llevan adelante el rincón milonguero más concurrido de Buenos Aires.

Antes de la medianoche, en la milonga “El arcoíris del fuelle”, Melancólico y Alegría  bailan la última tanda. Nadie entiende porqué en ese momento la pista se enciende.

El dia de la madre (que baila tango)

Me niego rotundamente a encarnar el personaje de la Madre.

Al menos no quiero ser sacrificada ESA Madre tanguera, Que lavaba en el piletón, o que se era Una de santa viejita. Sin embargo, algo de eso Fits mi alma, AUNQUE soy una mujer real, Haya AUNQUE rap lave, Internet, Tarjetas y Celulares. Muy en el fondo sigo teniendo la idea de Que Deberia Estar siempre Dispuesta para mis hijos, AUNQUE Ellos Sean Grandes, Independientes y Hagan su Propia Vida.

Sucede Que El domingo es día clave el, El Día por excelencia familiarizado, El Día En que la Madre de Toda Nuestra Historia cocinaba los ravioles ya su vera se juntaba La Familia.

Y hoy,: Además de domingo, ES “dia de la madre”. La soja sensata al prejuicio social. Tengo miedo de las criticas. Fulana dejo a Los Hijos Solos en el dia de la madre y se fue a la milonga. Suena horrible, ¿no? Y sin embargo ¡quiero ir a bailar!

Amo a mi familia Con Toda mi alma, Pero No “puedo” milonga La perderme, Porque alli me divierto, me siento viva y carga “pilas” y Entusiasmo párrafo Pasar Feliz Toda Mi semana. De Mientras en casa los chicos Me Dicen “hola vieja”, en la milonga Los Hombres Me llaman reina, diosa o bombón. ESO: Además de abrazarme y bailar conmigo. Es Que Una Cosa es Ser Madre Mujer y otra, AUNQUE TODO venga en El Mismo Envase.

Como es el dia de la madre, Este domingo invito a mis hijos una almorzar (AUNQUE pienso que bien podrian invitarme Ellos ya Que es mi día). Preparo Una comida exquisita, decoro la mesa y me desvivo Para Que TODO Esté bien. Les pido por favor Que sean puntuales y lleguen a las 13 hs. un mas tardar, Porque a la nochecita “tengo” que salir.

Mi hijo y la novia Llaman a las 14:15 por telefono para avisar Que se estan retrasando poco de la ONU. Mi hijo menor, AÚN Que vive conmigo, todavía no se ha Levantado. Intento despertarlo, Porque ya hijo 14:30, Pero me Mira Como si yo Hubiera m cometido m un crimen.

Vuelvo al comedor. A las 14:45 de la llama mi hija y dados Que los disculpe Porque se quedaron dormidos Pero Que “Estan Saliendo” acá párr. Picoteo un poquito de la comida, pan de Como, espero. Todo está listo. Son las 15. Pongo Un tango para escuchar. Me Arreglo para el Pelo adelantar Tiempo y voy Preparando La Ropa Que Me Quiero Poner a la noche.

A las 15:30 decido servirme la comida y Empezar sola. No me importa en absoluto, lo unico que quiero es no perderme el baile de la noche Que empieza a las 20 hs.

Cuando estoy por comer el bocado de imprimación, juntos Llegan todos, felices, ruidosos, cariñosos, divinos. Vienen con Flores y Regalos, Pero Tardan ONU rato los antes de acomodarse para el almuerzo. Dicen Que Tienen sin apuro, desayunaron Porque recién.

La Comida sirvo un Las Cuatro de la tarde. A Pesar de la espera Está muy rica. Nos reímos, ESTAMOS Contentos, conversamos, la pasamos Muy bien. A las 18 QUIERO SERVIR EL POSTRE en Pero mi hijo dado de Alcalde: ¡Para Mamá! ¿Qué tenés apuro? Siempre ESA costumbre de Sacar los platos en Cuanto Terminales de uno. Quedate una conversar.

Me quedo. Pienso en mi amiga Que Me Va A Pasar un buscar a 19:45. No Voy a Tener Tiempo para arreglarme. No importa, me pinto en el auto de ella. ¿Por Qué Dios mío, el dia de la madre Tiene Que Ser en domingo?

Se instalan en el que viven Como Si se fueran a quedar a vivir. Todos estan relajados y Contentos, Ponen música y disfrutan de la charla Porque hay tiempo y es domingo.

Al final de mi armo de coraje y lo digo: Chicos, yo quiero ir ONU mí rato a bailar.

¡¿Otra vez ?! tango dice mi hija ¿y no podés ir otro dia? (Recuerdo vívidamente Que El año anterior renuncié a la milonga y Ellos se were a los 20 minutos, Pero No digo LO). En Cambio balbuceo: Sí … es factible de no … Sólo puedo hoy.

¿Y no podés ir Más tarde?

Es Que Me pasan un Buscar en auto, digo, ya con tono de pedirles Permiso.

Pero mamá, Es un dia familiarizado ¡dejate de joder y por hoy no vayas! ¿Pero Por Qué corno ESTOS pibes no entienden? Les sirvo Otro café y voy disimuladamente al bano a pintarme las uñas. Me siento desalmada Una, Una mala Madre, Una loca Que Lo Único Que Quiere es irse a bailar. ¡¡Y es verdad !! Ahora Es lo unico que quiero.

Son Justo 19:45 Y Veo Que mi Nuera SE HA PUESTO un Lavar los Platos. Me abalanzo y le digo Que No se preocupe, Que Deje TODO como esta, Que yo mañana ordeño. Insiste y al final de la dejo, Que se embrome.

CUANDO Suena el timbre, vuelvo a armarme de valor y Anuncio: Chicos, me voy, cierren bien todo CUANDO se vayan. Todos se quedan Sentados y Me Dicen Chau, que te diviertas, Pero yo escucho ONU ligero tono de reproche. Alcanzo un Oír una mi hija Que Dice Lindo dia de la madre.

Pero No me importa nada. Por fin voy a la milonga.

Graciela H. López

TANGO 

Cuento.

Mario Benedetti

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis. La casa (su casa) estaba vacía, oscura, abandonada. Quizá por eso pudo llegar indemne hasta la mecedora.

Cerró, abrió y cerró los ojos. Lo que vislumbró no fue un sueño sino un milagro de jardín. Con su madre o sin su madre. Eso dependía de la tensión de sus párpados. Si era con su madre, ella lo señalaba con un índice acusador y una mueca de burla. No era preciso que hablara. Él bien sabía de qué se trataba. Desde la infancia la había despreciado, ninguneado con fervor, desatendido. Entre ella y él no había puentes; sólo despeñaderos, barrancos, hondonadas. Por eso ella, en vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.

Él abrió los suyos, acarició los párpados heridos, posó su mirada opaca en la pared de enfrente, que empezó a balancearse con un ritmo moderado. El cuadro estaba ahí: una figura antigua, de hombre recio, con corbata de moña, melena canosa y anteojos de miope. Cerró otra vez los ojos y el hombre se asomó en el espacio inverosímil: allí no había moña ni anteojos. Él, cuando estaba sobrio, era capaz de recitar de memoria todos los poemas de ese tipo, pero ahora los versos se arrinconaban en el olvido. El hombre semisoñado lo miraba con exigencia, reclamándole algo, aunque fueran dos versos, una copla, el estrambote de un soneto mediocre. Pero él se retraía, se ocultaba, no quería saber nada de una inspiración ajena. Ahí era cuando el tipo empuñaba un látigo y él abría providencialmente los ojos.

El cuadro ya no estaba y la pared había dejado de balancearse. Qué bien le vendría un café amargo, pero cómo llegar a la cafetera, a encender el gas, a no derramar el agua que llamaba desde el grifo.

Por primera vez lamentó su mamúa. Volvió a cerrar los ojos en busca de un estímulo. Tardó en llegarle la somnolencia, pero cuando llegó fue una recompensa inesperada. Frente a él, al alcance de sus manos, estaba Dorita, más atractiva que nunca, con la boca entreabierta y a la espera, con el camisón rosa que se le resbalaba de los senos, más turgentes que en épocas pasadas. Quiso decir algo y no pudo. Dorita lo paralizaba con su belleza. Decidió extender su mano hasta el pezón izquierdo, pero éste se hizo nada entre su índice y su pulgar.

Esta vez abrió los ojos porque alguien le estaba sacudiendo el hombro. Su mujer, nada menos, y no era un sueño.

-Otra vez mamado -gritó ella.

Otra vez mamado -admitió él-. Yo no tengo vergüenza de tomarme una copa.

-¿Y cuántas vergüenzas reservas para zamparte dos botellas?

-Tres.

-¿Tres? ¿Vergüenzas o botellas?

-Botellas.

-¿Hasta cuándo pensás que voy a soportar este maldito tren de vida?

-Mi amor, eso es asunto tuyo.

-Y vos, ¿no tenés conciencia?

-¿Querés que te diga la verdad? Me tiene harto.

-¿No tenés nada más que decirme?

-Cómo no… Vos sabés que yo siempre cito a los clásicos. Por ejemplo, Cátulo Castillo (música de Aníbal Troilo) que estampó para siempre esta delicia: «Yo sé que te lastima / yo sé que te hace daño / llorarte mi sermón de vino».

-Es cierto que me hace daño. No importa. Aquí te dejo, con esa veterana curda, que ya forma parte de tu currículo. Se acabó. No te preocupes. Cuando vos y yo seamos finaditos, sé que voy a encontrarte en algún boliche (cantina, para los ilustrados) del paraíso.

 

A Margót le hace falta un tango
Por: Darío Valle Risoto

Su padre murió de tuberculosis a los ochenta y ocho años y Margót se quedó huérfana. Luego de casi treinta de vivir con ese hombre tosco y de pocos sentimientos se había hecho a la idea de morirse antes, pero un buen día su viejo comenzó a toser y murió de una enfermedad tan vieja como él, tan desusada que parecía un raro chiste luego de años y años de aguantarle una colección de achaques infernal a su querido… ¿querido padre?
Margót entró a la casa después del entierro, sus primas quisieron llevarla con ellas pero se negó, el fulgor de un sol de otoño entraba por la ventana de su cuarto y ella se miró al espejo como si viera a una extraña, a una intrusa que se había metido a preguntare por el finado, era una mujer arrugada y triste que la observaba repleta de canas y con unos ojos negros tristísimos.
Sintió sin embargo que comenzaba una nueva etapa en su vida, luego de toda o gran parte de ella dedicada a cuidar a sus padres primero y muerta la mamá, a él, ese oscuro italiano de gesto adusto y principios heredados de oscuras épocas perdidas en la brumosa Europa fascista.
La foto de su primera comunión amarillenta y casi borrosa mostraba en un tiempo a una niña hermosa de largos cabellos negros que soñaba con ser monja y dedicarse a dios, sin embargo terminó dedicándose a las obligaciones familiares que son casi lo mismo.
___¿Mis hermanos?, ¿Dónde se fueron mis hermanos?
Cuatro hombres todos mayores que hicieron sus nidos y dejaron de volar a casa, ellos eran los hombres, los hacedores de sus propios destinos pero ella no, ella debió inmolarse el alma cuidando a los padres, a los cosechadores de una familia.
Y el enorme caserón de Sayago se fue desbaratando y ella trabajando casi doce horas por día en la fábrica para llevar el pan porque su padre se retiró a una vida de pensión por enfermedad y la jubilación de los trenes era poca y. Los huesos, la devastación de un gris que pintó los momentos cotidianos tragándose a cuatro novios en miles de años y la ilusión de ser como esas vecinas que se fueron casando. Margót llora mirando la foto de la comunión.
Y todo fue por amor 

BAILAR TANGO –    Pedro Orgambide – Cuentos con tango

 

Bailar tango, repetía mi padre, es caminar con firulete; la mujer seduce y el hombre conduce.

Cuando en el paladar sentíamos aún el sabor exquisito del fricasé de ternera, combinación de aromas del laurel, de tomillo y de perejil, la invité a pasar a mi departamento para beber una copa. Cuando me dijo que sí,  apuramos el resto del Corton des Faiveley, cosecha del 2004 -un gran Borgoña-, y abandonamos aquel restaurante.

En pocos minutos estábamos los dos en mi departamento, solos, en un ambiente de gran intimidad. En lo primero que ella se fijó fue en los cromos que visten los muros. Parejas bailando tango, Maravillosas obras de artistas como Bill Brauer, de Richard Judson Zolan y de Aline Bureau…

–Amas el tango… –Sonó más a comentario que a pregunta.
–Herencia de mi padre, quien me enseñó a entenderlo y a quererlo –respondí.
–Pues vaya herencia has recibido; lo mejor que nos pueden dejar los padres son sus buenas enseñanzas.
–Y me dejó algo más…

La conduje hasta una estantería en donde guardo, perfectamente ordenados por autor, más de dos centenares de discos; viejos discos de acetato con sus fundas originales impecables. Algunos Long Play, de 33 1/3 rpm, otros sencillos de 45 rpm.

–Un tercio de ellos son de tangos –le dije –mira, son los de este lado.

La percibí asombrada mientras miraba aquella gran colección de viejos discos.

–Nunca tuve en mis manos uno de estos… –dijo –¿Los escuchas? ¿Tienes en donde escucharlos?
–Desde luego…

Entonces eligió uno, me lo ofreció; pidió sin palabras que le permitiera escucharlo.

–Gardel, el mejor de todos los tiempos…

Levanté la tapa de la consola, elegante mueble de madera reluciente. Dejó ver la tornamesa con cambiador automático de discos. El último grito de la tecnología en los años 60’s. Saqué el disco de su funda sin tocar los surcos con los dedos. Lo limpié por ambas caras con un cepillito de gamuza. Elegí 33 1/3 rpm y lo introduje en el eje. Encendí los demás controles y así revivimos a Carlos Gardel, quien comenzó a cantar para nosotros.

“Corrientes tres cuatro ocho,
segundo piso, ascensor;
no hay porteros ni vecinos
adentro, coctel y amor…”

Mi mano se posó en su espalda, flexioné levemente las rodillas y la miré a los ojos.

–Nunca he bailado tango –dijo.
–Bailar tango es caminar con firulete; la mujer seduce y el hombre conduce.

“…Pisito que puso Maple,
piano, estera y velador…”

Mi mano en su espalda indicó un paso de costado sosteniendo la flexión de las rodillas.

Con un paso hacia adelante crucé su pie derecho; ella, retrocediendo cruzó su pie izquierdo. Ya no estábamos frente a frente.

“…un telefón que contesta,
una fonola que llora
viejos tangos de mi flor,
y un gato de porcelana
pa’ que no maulle al amor.“

Manteniendo la posición del pie derecho avancé con el izquierdo; ella se afirmó con el izquierdo y retrocedió  el derecho.

“… Y todo a media luz,
que es un brujo el amor,
a media luz los besos,
a media luz los dos…
Y todo a media luz,
crepúsculo interior,
que suave terciopelo
la media luz de amor.”

En un juego de seducción moví el pie derecho hasta juntarlo con el izquierdo a la vez que giraba su hombro derecho con leve movimiento hacia atrás, ésto la obligó a cruzar su pie izquierdo por delante del derecho. El hombre es el que manda; el hombre decide dónde y a qué velocidad.

“…Juncal doce veinticuatro,
telefonea sin temor;
de tarde, té con masitas,
de noche, tango y amor;
los domingos, té danzante,
los lunes, desolación.”

Ella quedó obligada a retroceder su pie derecho afirmando el izquierdo; avancé con mi pie izquierdo.

“….Hay de todo en la casita:
almohadones y divanes
como en botica… coco,
alfombras que no hacen ruido
y mesa puesta al amor.”

Este envión nos obligó a realizar un paso al costado; ella con su pie izquierdo y yo con el derecho. Ambos juntamos los pies; ella con un movimiento del derecho y yo con el izquierdo.

“… Y todo a media luz,
que es un brujo el amor,
a media luz los besos,
a media luz los dos…
Y todo a media luz,
crepúsculo interior,
que suave terciopelo
la media luz de amor.”

Rompiendo el equilibrio se recostó sobre mi pecho.

–¿No te importa si dejamos la copa para después? –Le pregunté al oído

–En absoluto

AQUELLA ORQUESTA –
Por la foto tan vetusta y deslucida
de aquel grupo de muchachos olvidados,
en el cuarto de mis sueños archivados,
la nostalgia me hace un gol ya de movida…
Poco a poco, cual un rito repetido,
sin apuro, con bastante displicencia,
cada uno va aportando su presencia
en el palco de color indefinido…
Cuando el paso de los años relojeo,
abriendo estuches, buscando partituras,
graves gestos, renegridas vestiduras,
¡Si de nuevo me parece que los veo!..
Los recuerdos de la noche pueblerina
hoy despiertan instrumentos que han callado
con sus notas que reviven el pasado
y disipan del olvido la neblina
De los tangos aprendí el abecedario
en la escuela de su música sencilla
–sin arreglos, mayormente “a la parrilla”–
¡Todo, todo lo ha borrado el calendario!..
¿Qué mal viento se ha llevado aquellos sones
de la orquesta que hoy rescato en mis memorias?
¿En qué calles se han perdido sus historias?..
¿En qué esquinas se apagaron sus canciones?..
Vieja orquesta que en mi alma echó raíces
para el pueblo es un baluarte de cultura
evocarla me concede la pintura
que a su foto le devuelve los matices…
Luis A. Nazzi – San Francisco (Córdoba

RECOPILANDO TANGOS                                    

                                                                                             César Benedettelli

Y volví, transité por el Caminito empedrado buscando La Casita de mis viejos, cuánta Nostalgia invadía el Recuerdo, cuántas Confidencias sobre sus paredes, cuántos Amores de Estudiante en un día de primavera.

Dejé de lado esa Confesión, estaba De vuelta al Bulín y solo por la voz, me reconoció el viejo criado. Ese era el Barrio Reo cuando en los años de purrete, jugábamos en la calle con la Pelota de Trapo porque no podíamos juntar las chirolas para la grande de goma. Quizá fue el tiempo que me alejó, tal vez la Mala Junta, esa que te hace caer y cuando quieres reaccionar ya es Tarde. La Gayola desnudó mis pensamientos, el Dandy dejó su pilcha elegante y el Pucherito de Gallina lo cambié por Pan y Agua en ese encierro.

Pensé mucho hasta que Me lo dijo el corazón: “tu vida está en el Sur, allí donde el Tango sonaba con El último Organito, allí donde el Último Guapo jugaba con desprecio su vida, allí donde conociste a Malena; allí, en ese lugar, dejarás la Rebeldía y encontrarás la Paciencia para empezar de nuevo”.

“Y no lo pienses más —me dije— Quiero verte una vez más, Mi barrio de Tango, porque Cuando tallan los Recuerdos, el corazón es un fuelle donde gime un Bandoneón y Nada puede ser capaz de detenerlo”.

Volver fue mi meta, casi Sin palabras abracé al viejo criado. Quién hubiera dicho que aquella fulera vida, Un Infierno, quedaba en el Olvido y que Mi noche triste iba a dejar paso a los Reencuentros.

Pasional como nadie, apreté el Tabaco entre mis labios y apuré de un trago lo que quedaba del Whisky.

Quedé Mano a Mano con mi pasado, me serví La última Copa y desde la ventana de Mi cuartito azul, me quedé observando la Garúa que suavemente humedecía La Callecita de mi barrio.

LA INFIEL   

Cantaba tangos en un cabaret de cuarta, de esos que abundan en calle Junín.

Su fuerte era “La Infiel”, de Ternengo y Baldassini. Los que frecuentaban el lugar comentaban que le ponía tanto  sentimiento a esa canción por un asunto de polleras que en sus años de juventud lo había marcado a fuego.

Cuando alguien se le acercaba a preguntarle por la verdad de ese costado autobiográfico de la interpretación, el tipo los miraba con aire enigmático y balbuceaba cualquier respuesta incoherente, capaz de dejar desorientado hasta al más curioso. El whisky berreta y el afán del resto de pasar por “entendidos” de los códigos de la noche, hacían lo demás.

Con lo que sacaba de los dos shows, a las dos y a las cuatro de la mañana, le alcanzaba para pagar mal y tarde el alquiler de la pocilga. Tenía cuenta en el cabaret. Le hubiera alcanzado, pero lo jodían, o sospechaba, porque se perdía en el séptimo fernet y a partir de ahí no llevaba la cuenta de los tragos como para discutir.

Todas las madrugadas, cuando llegaba a la pensión, cumplía con el mismo rito. Abría la puerta desvencijada ayudándose  con un empujón del pie (había una baldosa levantada que la trababa de abajo), colgaba la llave de la trompa erguida de un elefante de yeso pintado de marrón y cubierto de polvo gris que había ganado en una noche triunfal, tumbando tarros con pelotas de media y trapo en la kermesse del barrio,  le daba un beso a ella y se tiraba en el colchón del suelo a fumar el último cigarrillo.

Después de todo, se decía, él no era más infeliz que los tipos que tiraban la guita en el cabaret donde cantaba. Seguro que flor de despelote tenían con sus mujeres como para caer ahí, o que eran almas solitarias que no habían encontrado su par. “En una de esas la regla no es que tiene que haber almas gemelas sino, como ocurre casi siempre, nacemos únicos, incompletos e infelices”, pensaba. Pero ese no era su caso. Ella estaba allí, con su mirada fría, y él estaba seguro de que no lo abandonaría nunca. De eso estaba completamente seguro y le bastaba. En esas divagaciones solía dormirse.

Una noche faltó al cabaret. Al día siguiente, a la tardecita, cuando el dueño lo mandó a buscar, vieron por la ventana su cabeza en el colchón, ya con un tono amarillento. Parece que se murió tranquilo, durmiendo.

Lo curioso no fue encontrarlo así, final previsible si se quiere, sino el hallazgo del otro cadáver, según los informes de la policía, de una mujer joven muerta  aproximadamente veinte años atrás, que descansaba en el roperito casi vacío de la habitación.

Entre la poca ropa del tipo encontraron la libreta de enrolamiento para hacer los trámites de rigor.

Se llamaba Evaristo Ternengo Baldassini

CANTOR DE TANGOS

La calle sigue siendo la misma. Cuantas noches repiquetearon mis pasos sobre estos adoquines. Hasta el farol de la esquina sigue dando su tenue luz para que las nocturnas mariposas vuelen en ronda hasta chocar con su vidrio.

El viejo coche, centinela de la cuadra hace la guardia esperando algún levante de Carmela. Es la misma que conocí de pibe, pero ahora con más cintura y menos dientes.

El boliche del “turco Jaime” sigue sirviendo esos tintos que, de puro tanino dejan los vasos color violeta. Aún tiene la vieja mesa en donde grabé dos iniciales dentro de un corazón. Recién aprendía a manejar la navaja y me imaginé que ese grabado iba a ser eterno. Pobres laureles logrados en mi juventud.

Desando la cortada que da a la plaza y llego al viejo balcón. Aún persiste esa maceta de la derecha, la que regaba Zulema mientras me esperaba llegar para cantarle mis tristes sueños.

Las cortinas disimulan sombras tras un poco de luz. Desde una radio llega tenue el noticioso. Mi corazón quiere trepar esa reja para ver lo que tal vez ya no esté.

Escucho voces de criaturas que llaman a la madre. Sigo siendo el mismo cobarde de siempre y me alejo.

Pienso que, si siempre se vuelve al primer amor, esta vez tengo miedo de encontrarlo y ver que nunca más ha de ser mío.

Entre las sombras, recostada contra la pared, una pareja acaricia sueños que querrán ser. Pero como todo sueño a veces se cumple o quizás no. Lo que sí se cumple, sin remedio alguno, es el paso del tiempo.

¿Qué es lo que busca? Este famoso cantor del momento en un barrio perdido, en el cual alguna vez eché a volar mis canciones. Yo, aquél muchacho que en las noches de estío, silbando como un mirlo feliz, pensaba que sus tangos lo habrían de llevar muy lejos.

Lo que no veo es la barra. ¿Dónde estarán el Mingo, Alan el marinero, o Néstor, el gordo dueño de la pelota de cuero? Miro mis bolsillos y solo asoman billetes… Tanta guita y no poder comprar ni una sola sonrisa de aquel tiempo tan querido. Esta noche, en el cabaret de siempre, me esperan mis laderos con alguna rubia teñida. Ellas creen que con sus mimos insoportables alegran a este triste soñador. ¿Qué tango me puede inspirar una mujer semidesnuda y bebiendo su copa de champaña?

Estoy de suerte, allá viene un tranvía. El chirrear de las ruedas sobre el riel trae añoranzas de arrabal. Siguió de largo, parece que no me ha visto. ¿Qué puedo hacer? ¿Lo corro? ¿Para qué? Quizás, desde el fondo de la noche venga otro. Mejor camino un poco más por esta vieja calle. ¿Qué me pueden hacer cuatro o cinco cuadras?

Es raro, el cine aún está abierto. ¿Cómo puede ser? Antes eran los días martes cuando daban cine nacional y hoy es sábado.

¡Qué lindo! Todavía la gente tiene la costumbre de sentarse en la vereda. Esa viejecita canosa puede ser doña Isabel:

“- Buenas noches, ¿de qué gusto va a querer el helado?”

“- Ja, ja, ja. Traeme de limón…”

Faltan dos cuadras para llegar hasta la heladería de Ceferino. Él mismo los elabora con frutas naturales. Zulema y yo, tomados del brazo, íbamos muchas veces hasta la plaza gozando esos sabores. Hasta hoy llevo el recuerdo de viejos besos con sabor a vainilla.

He perdido la noción del tiempo. Tengo que apurarme. Hoy es mi debut en el Teatro de la Ciudad y no he ensayado. Está bien que me se el repertorio de memoria, pero me preocupa bastante este pibe del bandoneón tan nuevito. Por suerte la cola para las entradas es larga. Se me hace que esta será una noche de lleno total. ¿A quién dedicaré la primer canción? ¿Podré nombrar a Zulema?

El locutor anuncia mi tercer tango. Miro al pibe del bandoneón, tiene el rostro muy pálido. Quiero alcanzar el micrófono, pero el dolor del brazo me lo impide. ¡Cómo aprieta la corbata! ¿Será algo del corazón?

En la sala de terapia intensiva del hospital está Zulema. Es su noche de guardia. Cuántos años dedicados a los demás sin pensar en ella misma. La familia dice que terminó solterona porque le calentaba la pava a un cantorcito de tangos. ¿Qué pueden saber ellos de cómo tomar mate? En todo el barrio nunca brotó un geranio como el que se daba en las macetas del balcón. Quizás porque era regado con agua de lluvia y cantos de amor.

Para acortar la noche tiene encendida la radio. Transmiten en vivo desde el teatro. Puede volver a oír los mismos tangos que esa voz nunca olvidada golpeara en su ventana. De pronto todo es vértigo. El doctor de guardia es llamado con premura por el altavoz. Las puertas se abren de súbito y los enfermeros entran una camilla con el cantor inconsciente. Zulema reclama para ella sola al infartado. Tiene ternura a mares para darle al que pelea con la muerte. Retira todo el cablerío de esos inútiles aparatos y con sus labios aún con sabor a vainilla besa esos otros labios hasta hoy siempre añorados. El gordo del bandoneón, con sus dedos de ángel, interpreta su tango Responso como música de fondo.

Osvaldo Reyes

San José (Mendoza)

 Segundo premio certamen literario 2005 del Centro Cultural del Tango Zona Norte

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